sábado, 11 de septiembre de 2010

Es domingo

La parroquia del barrio era prefabricada. Las paredes eran muy finitas y era curioso oir las peleas de los borrachos de la calle mientras estabas en misa. Hacía un calor horroroso en verano y un frío que te calaba los huesos en invierno, pero por algún motivo estaba llena a reventar los sábados por la tarde y los domingos más o menos a principios de los 70. Mi madre sí que venía de un pueblo donde estaba mal visto no ir a misa los domingos y fiestas de guardar y todavía llevaba esa idea por lo que la repentina conversión de mi padre le pareció un milagro, y nunca mejor dicho, pero mi padre siendo tan rojo como era tenía ese tema bastante superado porque su repentina fe católica tenía una finalidad superior ("y a los niños no les van a enseñar nada malo", decían).
Entre él y unos cuantos de la UGT de la clandestinidad decidieron afiliarse al Sindicato Vertical. Si no puedes con tu enemigo, únete a él. Para ser admitidos con todos los honores y no despertar ninguna sospecha era necesario que aquellas paredes que oian y se chivaban rapidito a la Falange vieran a una familia cristiana, contenta y oliendo a colonia ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar.
El cura de la parroquia era un salesiano que les permitía reunirse en el local parroquial: él tampoco estaba de acuerdo en la manera en que se engañaba a esta buena gente con los sueldos, las condiciones de trabajo, la forma en que se les había abandonado a su suerte, la falta de colegios y médicos... El cura estaba encantado de dar otro sentido al mensaje de Jesucristo, el mismo mensaje liberador que había dado esperanza a los esclavos romanos y probablemente se imaginaba a sí mismo compartiendo con los más desfavorecidos las catacumbas. Si encima veia su parroquia llena cada semana hasta la bandera, miel sobre hojuelas. Tenía claro que le habían enviado a una miserable barriada perdida en el fin del mundo llena de rojos y ateos. Tocaba acercarse a ellos y arremangarse para llevarlos de nuevo por el buen camino.

Por cierto, supe que el padre José, el salesiano, se fue al otro barrio hace bastantes años. Seguro que al cielo. Fue una persona buena, honesta y que supo honrar su institución con su ejemplo. Gracias a gente como él puedo decir muchas cosas buenas de la Iglesia Católica cuando tanta gente ha tenido malas experiencias, la mía fue bonita.

sábado, 24 de julio de 2010

La AMPA

El padre de Paqui era un comunista de pura cepa. Había huído de la represión en su pueblo de Sevilla, donde su familia después de la guerra fue represaliada de todas las maneras posibles por roja. Aprendió a leer casi por sí mismo y tenía la casa llena de libros: las obras completas de Miguel Hernández y García Lorca, de Bakunin y de Karl Marx, entre muchos otros. La propia Paqui había leido y releido Mariana Pineda a sus 12 años. Cuando se habló de formar la primera asociación de padres y madres fue uno de los más entusiastas promotores: harían una biblioteca para los niños en un pequeño almacén del colegio que estaba desaprovechado. Nadie lo veía claro. ¿Para qué?, los niños destrozarían los libros o los robarían y los pintarrajearían en cuestión de pocos días. ¿Y de dónde saldrían los libros?
Mi padre no se lo pensó dos veces: perseguiría a quien fuese para que le regalasen libros para la biblioteca. Él, mi madre y cuatro visionarios como el padre de Paqui salieron a la sucursal de las cajas de ahorros con más moral que el Alcoyano para conseguir los libros gratis. Si los regalan por Sant Jordi, seguro que pueden conseguir libros para los niños del colegio.

El dispensario

Una mujer intentaba hacer que su bebé dejara de llorar. El almacén habilitado como dispensario del barrio estaba atestado de gente, y en la calle había un poco de cola. Un ventilador de techo intentaba aliviar el intenso calor del verano en un local muy pequeño y sin ventanas. En tres despachitos atendía el médico de cabecera, el pediatra y la enfermera.

El chiquitín no dejaba de llorar: evidentemente no le llevaban al médico para pasar el rato. El conserje se levantó brusca e inesperadamente y pidió a gritos y con grandes aspavientos de su único brazo que la mujer hiciera callar a su hijo. La mujer pidió un poco de comprensión porque su niño estaba enfermo y el conserje empezó a farfullar palabras como chusma, maldita gentuza y otras lindezas. Nadie se atrevió a replicar: el conserje era un mutilado de guerra y a la más mínima te soltaba el "usted no sabe con quién está hablando".

El médico y el Antequera

-Que no, que no puedes presentarte en las listas para la alcaldía.
-Pero, ¿por qué no?, tengo muchas ideas, tengo ganas de hacer cosas por el pueblo, ¿por qué no me puedo presentar?
-Mira Antequera, es que para alcalde es mejor poner a uno que tenga estudios.
-¿¿¿ESTUDIOS???, ¿qué pasa, que no puede uno ser alcalde sin estudios?
-No es eso, no te pongas así, habíamos pensado en el médico, seguro que lo hará muy bien, tú puedes hacer de secretario, que en el fondo es el que manda.
-O sea, que no quereis que yo vaya en cabeza de listas.
-Te explico, aquí hay gente que podría hacerlo muy bien y lleva en el partido mucho más tiempo que tú, pero esto es casi una ciudad, el alcalde tendrá que relacionarse con gente de muy arriba, tendrá que negociar... uno con carrera se mueve de otra manera. De verdad, que hay hueco para ti en las listas, nos falta gente. Yo mismo voy de relleno al final de la lista pero no querría ir arriba ni regalado.

Antequera pareció tomárselo bien y se conformó con un papel secundario en las listas. Pero en su fuero interno estaba seguro de no merecer esta humillación, él valía mil veces más que el médico y nunca más permitiría que su nivel de estudios entorpeciera su carrera política. Ya tenía claro que su objetivo sería llegar a lo más alto.

miércoles, 7 de julio de 2010

El mar

Ella subía con su cesto de ropa recién lavada las interminables escaleras que llevaban a la azotea. Estaba embarazada de seis meses y el cesto pesaba una barbaridad (y gracias que acababa de comprar una lavadora con lo que ya no había que restregar a mano la ropa en la pila del lavadero) pero peldaño a peldaño, pasito a pasito, descansando el pesado cesto en la barandilla, la muchacha estaba más cerca del último piso.

El esfuerzo con la panza a cuestas valía la pena: el brillante cielo azul y las sábanas tendidas de las vecinas al sol dejaban ver al fondo el mar. Era su momento. Aquel mar simbolizaba la libertad: dejar atrás el maldito pueblo donde el deporte favorito era la más podrida hipocresía, las jornadas de sol a sol recogiendo la aceituna, la pobreza. El hijo que esperaba tendría estudios, tendría un buen trabajo, viviría en un lugar mejor y quien sabe, quizá podría ver todas las mañanas el mar desde su ventana en vez de tener que subir por un montón de peldaños para contemplarlo de refilón entre un bosque de imitaciones cutres de rascacielos y una nebulosa de sábanas blancas tendidas al sol. O mejor, su hija. Seguro que una hija suya tendría los estudios que siempre había deseado ella misma: le encantaba leer pese a venir de un pueblo tan pequeñito, leía hasta las etiquetas de los botes. Su hija no tendría que casarse para escapar de un pueblo, su hija sería dueña de su destino. A su hija le espera una vida mejor que la suya, ella luchará como una leona por su cachorrito.

Cavall Fort i Tres i No Res

Recuerdo que en aquella densa cuadrícula de calles sin asfaltar y sin aceras solamente había una entidad bancaria, una Caja de Cataluña que atendía a los miles de personas que vivían en el barrio y ahorraban como podían lo poco que les quedaba de sus horas extra. Años más tarde abrió oficina la Caixa, que entonces era la Caja de Pensiones y Monte de Piedad. Para captar a los niños nos regalaban un tebeo cuando ibamos con los padres, que era el Cavall Fort. Aquel fue mi primer contacto con la lengua catalana: un tebeo con las preciosas viñetas de Madorell. Pero no entendía ni papa. Los niños de mi clase decían que los maestros hablaban en catalán para que no entendiésemos nada, para fastidiarnos. Bueno, si prestabas atención algo se entendía, y más aún el Cavall Fort. Ahora explicas estas cosas y parece increíble, pero yo lo he vivido.

También recuerdo como si fuera hoy el primer día que recibí clase de catalán. Una maestra apareció un buen día cuando yo tenía 8 años y nos enseñó las primeras palabras. Fue muy bonito ir entendiendo gradualmente lo que decían los maestros en sus conversaciones. Usabamos un libro de texto ilustrado por Pilarin Bayés realmente bonito y era voluntario. Algunos padres se negaron, no así la gran mayoría que decían que si eramos catalanes teníamos que hablar catalán.
Días más tarde nos preguntaron por los oficios y procedencia de padres y abuelos a los de la clase y salió lo lógico: hijos y nietos de trabajadores industriales sin cualificación, albañiles y agricultores. Nadie tenía ni una sola gota de sangre catalana, ni valenciana (si sirve como aproximación), y era una rareza haber nacido en Cataluña entre mis compañeros. Lo normal era tener las raíces en Andalucía, y algo menos en Extremadura. 30 años después por la calle sigues sin oir ni una sola palabra en catalán.


sábado, 19 de junio de 2010

El Antequera

Puto no era el nombre de pila del Antequera pero en mi casa parecía que sí. El Puto Antequera ya nos ha vuelto a liar, cuantas veces lo habré escuchado mientras hacía los deberes en la mesa del comedor. Quién iba a decirnos lo lejos que ibas a llegar, y mira que como militante de base ya apuntabas maneras. Pocas personas son capaces de sembrar cizaña como tú. Muchas veces leo tus intervenciones en la prensa con curiosidad: ha crecido tu caradura al ritmo de tus entradas.

miércoles, 9 de junio de 2010

Para mis padres

Mi padre está a punto de cumplir 70 años y mi madre me tiene prohibido que revele nada sobre su edad, así que aquí lo dejamos.

Su memoria, y la de tanta gente sencilla y buena como ellos, está a punto de ser barrida por el tiempo. Pronto no va a quedar más de su lucha altruista e incansable que unas infraestructuras y unos servicios que todo el mundo piensa que han nacido por sí mismos cuando son el producto de haber dejado atrás el miedo y haberle echado un par a la vida, un par de verdad, el mismo par que necesitaron para dejar su pueblo de Andalucía e iniciar una nueva vida en Cataluña, en Las Planas sin nada en las maletas. Venían con el único patrimonio de su juventud, sus ganas de prosperar y su ilusión.

Algunos los miraban, y los siguen mirando por encima del hombro por ser andaluces, por ser inmigrantes, los consideran tan extranjeros como si acabaran de llegar de tierras extrañas y sin embargo construyeron con sus propias manos el lugar donde viven mezclando cemento aluminoso con sangre, sudor y lágrimas. Es más de lo que hemos hecho muchos catalanes de nacimiento, que hemos nacido (o hemos llegado muchos años más tarde) con la mesa puesta. Mis padres no hablan catalán ni les ha hecho falta en la vida, sin embargo han construido su barrio y su casa piedra a piedra, y aquí han decidido que serán enterrados. Pero hay quien no los considera catalanes, ni a ellos ni a sus hijos que nacimos aquí pero no renunciamos a nuestros genes, a nuestra propia historia. Que les den.

Si hay un colegio en Las Planas, si hay calles asfaltadas, si hay alcantarillas, si hay plazas urbanizadas es porque tanta y tanta gente decidió plantar cara al orden establecido en unos tiempos difíciles, como si no fuera difícil cualquier tiempo para los pobres. Ellos están acostumbrados a conseguir el pan de la manera más difícil que exista, por eso la lucha no les asusta.

El empujón que necesitaba para sacar adelante este proyecto que tengo en mente desde hace mucho, que es novelar una historia real fascinante, ha sido saber que el colegio público que tan deseado fue, tanto se hizo esperar por la desidia de las autoridades desarrollistas postfranquistas está condenado a la piqueta y las familias de los niños deberán recorrer largas distancias de nuevo. ¿Dónde están las manifestaciones, dónde está la lucha que caracterizó al barrio obrero durante tantos años y que obligó a la mismísima mano derecha de Arias Navarro a venir de incógnito a ver si aquellas movilizaciones podrían ser la espoleta de una revolución obrera con todas las letras? ¿por qué gente analfabeta o casi luchaba con denuedo por un colegio público, por una pequeña biblioteca?
Algunos dicen que fueron manipulados por el movimiento socialista/comunista y que hicieron de peones para que otros treparan hasta lo más alto. A ellos no les preocupa lo que ahora se diga de ellos, simplemente querían que no muriese ahogado ningún niño más cruzando una calle, que sus hijos tuvieran pediatra y maestros. Si eso es ser un rojo, pues a lo mejor sí que lo son.

Quiero explicarlo. Quiero poner negro sobre blanco mis recuerdos infantiles y los de mis padres. Quiero reivindicar una lucha que nació de la manera más modesta posible y que casi consigue desatar lo que Franco estaba dejando tan bien atado y repartido. Pero esta parte de la Historia contemporánea parece que no interesa demasiado que se conozca, y llevo tiempo pensando en el por qué. Es curioso que se dé más importancia en los informativos de TV3 a los cantantes de la Nova Cançó, para los que siento el mayor de los respetos, que a esta buena gente que merece tantos homenajes como ellos por lo menos.