Mi padre está a punto de cumplir 70 años y mi madre me tiene prohibido que revele nada sobre su edad, así que aquí lo dejamos.
Su memoria, y la de tanta gente sencilla y buena como ellos, está a punto de ser barrida por el tiempo. Pronto no va a quedar más de su lucha altruista e incansable que unas infraestructuras y unos servicios que todo el mundo piensa que han nacido por sí mismos cuando son el producto de haber dejado atrás el miedo y haberle echado un par a la vida, un par de verdad, el mismo par que necesitaron para dejar su pueblo de Andalucía e iniciar una nueva vida en Cataluña, en Las Planas sin nada en las maletas. Venían con el único patrimonio de su juventud, sus ganas de prosperar y su ilusión.
Algunos los miraban, y los siguen mirando por encima del hombro por ser andaluces, por ser inmigrantes, los consideran tan extranjeros como si acabaran de llegar de tierras extrañas y sin embargo construyeron con sus propias manos el lugar donde viven mezclando cemento aluminoso con sangre, sudor y lágrimas. Es más de lo que hemos hecho muchos catalanes de nacimiento, que hemos nacido (o hemos llegado muchos años más tarde) con la mesa puesta. Mis padres no hablan catalán ni les ha hecho falta en la vida, sin embargo han construido su barrio y su casa piedra a piedra, y aquí han decidido que serán enterrados. Pero hay quien no los considera catalanes, ni a ellos ni a sus hijos que nacimos aquí pero no renunciamos a nuestros genes, a nuestra propia historia. Que les den.
Si hay un colegio en Las Planas, si hay calles asfaltadas, si hay alcantarillas, si hay plazas urbanizadas es porque tanta y tanta gente decidió plantar cara al orden establecido en unos tiempos difíciles, como si no fuera difícil cualquier tiempo para los pobres. Ellos están acostumbrados a conseguir el pan de la manera más difícil que exista, por eso la lucha no les asusta.
El empujón que necesitaba para sacar adelante este proyecto que tengo en mente desde hace mucho, que es novelar una historia real fascinante, ha sido saber que el colegio público que tan deseado fue, tanto se hizo esperar por la desidia de las autoridades desarrollistas postfranquistas está condenado a la piqueta y las familias de los niños deberán recorrer largas distancias de nuevo. ¿Dónde están las manifestaciones, dónde está la lucha que caracterizó al barrio obrero durante tantos años y que obligó a la mismísima mano derecha de Arias Navarro a venir de incógnito a ver si aquellas movilizaciones podrían ser la espoleta de una revolución obrera con todas las letras? ¿por qué gente analfabeta o casi luchaba con denuedo por un colegio público, por una pequeña biblioteca?
Algunos dicen que fueron manipulados por el movimiento socialista/comunista y que hicieron de peones para que otros treparan hasta lo más alto. A ellos no les preocupa lo que ahora se diga de ellos, simplemente querían que no muriese ahogado ningún niño más cruzando una calle, que sus hijos tuvieran pediatra y maestros. Si eso es ser un rojo, pues a lo mejor sí que lo son.
Quiero explicarlo. Quiero poner negro sobre blanco mis recuerdos infantiles y los de mis padres. Quiero reivindicar una lucha que nació de la manera más modesta posible y que casi consigue desatar lo que Franco estaba dejando tan bien atado y repartido. Pero esta parte de la Historia contemporánea parece que no interesa demasiado que se conozca, y llevo tiempo pensando en el por qué. Es curioso que se dé más importancia en los informativos de TV3 a los cantantes de la Nova Cançó, para los que siento el mayor de los respetos, que a esta buena gente que merece tantos homenajes como ellos por lo menos.