miércoles, 7 de julio de 2010

El mar

Ella subía con su cesto de ropa recién lavada las interminables escaleras que llevaban a la azotea. Estaba embarazada de seis meses y el cesto pesaba una barbaridad (y gracias que acababa de comprar una lavadora con lo que ya no había que restregar a mano la ropa en la pila del lavadero) pero peldaño a peldaño, pasito a pasito, descansando el pesado cesto en la barandilla, la muchacha estaba más cerca del último piso.

El esfuerzo con la panza a cuestas valía la pena: el brillante cielo azul y las sábanas tendidas de las vecinas al sol dejaban ver al fondo el mar. Era su momento. Aquel mar simbolizaba la libertad: dejar atrás el maldito pueblo donde el deporte favorito era la más podrida hipocresía, las jornadas de sol a sol recogiendo la aceituna, la pobreza. El hijo que esperaba tendría estudios, tendría un buen trabajo, viviría en un lugar mejor y quien sabe, quizá podría ver todas las mañanas el mar desde su ventana en vez de tener que subir por un montón de peldaños para contemplarlo de refilón entre un bosque de imitaciones cutres de rascacielos y una nebulosa de sábanas blancas tendidas al sol. O mejor, su hija. Seguro que una hija suya tendría los estudios que siempre había deseado ella misma: le encantaba leer pese a venir de un pueblo tan pequeñito, leía hasta las etiquetas de los botes. Su hija no tendría que casarse para escapar de un pueblo, su hija sería dueña de su destino. A su hija le espera una vida mejor que la suya, ella luchará como una leona por su cachorrito.

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