sábado, 24 de julio de 2010

El dispensario

Una mujer intentaba hacer que su bebé dejara de llorar. El almacén habilitado como dispensario del barrio estaba atestado de gente, y en la calle había un poco de cola. Un ventilador de techo intentaba aliviar el intenso calor del verano en un local muy pequeño y sin ventanas. En tres despachitos atendía el médico de cabecera, el pediatra y la enfermera.

El chiquitín no dejaba de llorar: evidentemente no le llevaban al médico para pasar el rato. El conserje se levantó brusca e inesperadamente y pidió a gritos y con grandes aspavientos de su único brazo que la mujer hiciera callar a su hijo. La mujer pidió un poco de comprensión porque su niño estaba enfermo y el conserje empezó a farfullar palabras como chusma, maldita gentuza y otras lindezas. Nadie se atrevió a replicar: el conserje era un mutilado de guerra y a la más mínima te soltaba el "usted no sabe con quién está hablando".

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