Mi padre no se lo pensó dos veces: perseguiría a quien fuese para que le regalasen libros para la biblioteca. Él, mi madre y cuatro visionarios como el padre de Paqui salieron a la sucursal de las cajas de ahorros con más moral que el Alcoyano para conseguir los libros gratis. Si los regalan por Sant Jordi, seguro que pueden conseguir libros para los niños del colegio.
sábado, 24 de julio de 2010
La AMPA
El padre de Paqui era un comunista de pura cepa. Había huído de la represión en su pueblo de Sevilla, donde su familia después de la guerra fue represaliada de todas las maneras posibles por roja. Aprendió a leer casi por sí mismo y tenía la casa llena de libros: las obras completas de Miguel Hernández y García Lorca, de Bakunin y de Karl Marx, entre muchos otros. La propia Paqui había leido y releido Mariana Pineda a sus 12 años. Cuando se habló de formar la primera asociación de padres y madres fue uno de los más entusiastas promotores: harían una biblioteca para los niños en un pequeño almacén del colegio que estaba desaprovechado. Nadie lo veía claro. ¿Para qué?, los niños destrozarían los libros o los robarían y los pintarrajearían en cuestión de pocos días. ¿Y de dónde saldrían los libros?
El dispensario
Una mujer intentaba hacer que su bebé dejara de llorar. El almacén habilitado como dispensario del barrio estaba atestado de gente, y en la calle había un poco de cola. Un ventilador de techo intentaba aliviar el intenso calor del verano en un local muy pequeño y sin ventanas. En tres despachitos atendía el médico de cabecera, el pediatra y la enfermera.
El chiquitín no dejaba de llorar: evidentemente no le llevaban al médico para pasar el rato. El conserje se levantó brusca e inesperadamente y pidió a gritos y con grandes aspavientos de su único brazo que la mujer hiciera callar a su hijo. La mujer pidió un poco de comprensión porque su niño estaba enfermo y el conserje empezó a farfullar palabras como chusma, maldita gentuza y otras lindezas. Nadie se atrevió a replicar: el conserje era un mutilado de guerra y a la más mínima te soltaba el "usted no sabe con quién está hablando".
El médico y el Antequera
-Que no, que no puedes presentarte en las listas para la alcaldía.
-Pero, ¿por qué no?, tengo muchas ideas, tengo ganas de hacer cosas por el pueblo, ¿por qué no me puedo presentar?
-Mira Antequera, es que para alcalde es mejor poner a uno que tenga estudios.
-¿¿¿ESTUDIOS???, ¿qué pasa, que no puede uno ser alcalde sin estudios?
-No es eso, no te pongas así, habíamos pensado en el médico, seguro que lo hará muy bien, tú puedes hacer de secretario, que en el fondo es el que manda.
-O sea, que no quereis que yo vaya en cabeza de listas.
-Te explico, aquí hay gente que podría hacerlo muy bien y lleva en el partido mucho más tiempo que tú, pero esto es casi una ciudad, el alcalde tendrá que relacionarse con gente de muy arriba, tendrá que negociar... uno con carrera se mueve de otra manera. De verdad, que hay hueco para ti en las listas, nos falta gente. Yo mismo voy de relleno al final de la lista pero no querría ir arriba ni regalado.
Antequera pareció tomárselo bien y se conformó con un papel secundario en las listas. Pero en su fuero interno estaba seguro de no merecer esta humillación, él valía mil veces más que el médico y nunca más permitiría que su nivel de estudios entorpeciera su carrera política. Ya tenía claro que su objetivo sería llegar a lo más alto.
miércoles, 7 de julio de 2010
El mar
Ella subía con su cesto de ropa recién lavada las interminables escaleras que llevaban a la azotea. Estaba embarazada de seis meses y el cesto pesaba una barbaridad (y gracias que acababa de comprar una lavadora con lo que ya no había que restregar a mano la ropa en la pila del lavadero) pero peldaño a peldaño, pasito a pasito, descansando el pesado cesto en la barandilla, la muchacha estaba más cerca del último piso.
El esfuerzo con la panza a cuestas valía la pena: el brillante cielo azul y las sábanas tendidas de las vecinas al sol dejaban ver al fondo el mar. Era su momento. Aquel mar simbolizaba la libertad: dejar atrás el maldito pueblo donde el deporte favorito era la más podrida hipocresía, las jornadas de sol a sol recogiendo la aceituna, la pobreza. El hijo que esperaba tendría estudios, tendría un buen trabajo, viviría en un lugar mejor y quien sabe, quizá podría ver todas las mañanas el mar desde su ventana en vez de tener que subir por un montón de peldaños para contemplarlo de refilón entre un bosque de imitaciones cutres de rascacielos y una nebulosa de sábanas blancas tendidas al sol. O mejor, su hija. Seguro que una hija suya tendría los estudios que siempre había deseado ella misma: le encantaba leer pese a venir de un pueblo tan pequeñito, leía hasta las etiquetas de los botes. Su hija no tendría que casarse para escapar de un pueblo, su hija sería dueña de su destino. A su hija le espera una vida mejor que la suya, ella luchará como una leona por su cachorrito.
Cavall Fort i Tres i No Res
Recuerdo que en aquella densa cuadrícula de calles sin asfaltar y sin aceras solamente había una entidad bancaria, una Caja de Cataluña que atendía a los miles de personas que vivían en el barrio y ahorraban como podían lo poco que les quedaba de sus horas extra. Años más tarde abrió oficina la Caixa, que entonces era la Caja de Pensiones y Monte de Piedad. Para captar a los niños nos regalaban un tebeo cuando ibamos con los padres, que era el Cavall Fort. Aquel fue mi primer contacto con la lengua catalana: un tebeo con las preciosas viñetas de Madorell. Pero no entendía ni papa. Los niños de mi clase decían que los maestros hablaban en catalán para que no entendiésemos nada, para fastidiarnos. Bueno, si prestabas atención algo se entendía, y más aún el Cavall Fort. Ahora explicas estas cosas y parece increíble, pero yo lo he vivido.
También recuerdo como si fuera hoy el primer día que recibí clase de catalán. Una maestra apareció un buen día cuando yo tenía 8 años y nos enseñó las primeras palabras. Fue muy bonito ir entendiendo gradualmente lo que decían los maestros en sus conversaciones. Usabamos un libro de texto ilustrado por Pilarin Bayés realmente bonito y era voluntario. Algunos padres se negaron, no así la gran mayoría que decían que si eramos catalanes teníamos que hablar catalán.
Días más tarde nos preguntaron por los oficios y procedencia de padres y abuelos a los de la clase y salió lo lógico: hijos y nietos de trabajadores industriales sin cualificación, albañiles y agricultores. Nadie tenía ni una sola gota de sangre catalana, ni valenciana (si sirve como aproximación), y era una rareza haber nacido en Cataluña entre mis compañeros. Lo normal era tener las raíces en Andalucía, y algo menos en Extremadura. 30 años después por la calle sigues sin oir ni una sola palabra en catalán.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)